Todas las luces apagadas, una oscuridad densa que te absorbe, un silencio absoluto reina en la sala.De repente, se oye tímido susurro de una sábana ondeando al viento. Luces tenues se enciendo poco a poco y enfocan hacia un escenario completamente vacío.El público aguanta la respiración, sumergido en la espesura del silencio.
Una dama alta, de piel tan blanca y lisa como una perla, hace resonar sus tacones con unos movimentos bruscos de cadera al andar. Como un enorme y flamante caballo, se contornea hacia el centro del escenario, asiendo arrastrando tras de sí una silla metálica negra.Recuerdo esos ojos que parecían ciegos, tan grandes e inexpresivos, lo cuales albergaban el mismísimo brillo de las estrellas. Soltó la silla y la colocó con cuidado en medio del escenario, cerró los ojos y sus largas e infinitas pestañas acariciaron sus mejillas mientras esbozaba una sonrisa de complicidad.
Al fin se sentó,cruzó las piernas con sensualidad,entrelazó sus dedos y esperó con la mirada perdida en la oscuridad que se extendía sobre ella.
Cuando abrió la boca y de ella se escapó la primera palabra, un escalofrío recorrió por la sala.
-Sí, señores, se murió de pena.
Su voz apuñaló el silencio que antes flotaba en al aire.Ahora se respiraba miedo.
Suspiró como una dulce muñeca y parapadeó con resentimiento.
-Fue una desgracia, pero ya se sabe que todo lo que empieza tiene escrito un final.No quería darle tanto dramatismo a la situación pero este silencio sepulcral invita a hacerlo. En mi vida podría sentir tanta pena como para morirme.- puso ambos pies en el suelo y su mallot resplandeció con el suave toque de iluminación- Pero sin duda, es la peor muerte que existe. No fue por la mala suerte, ni el destino te jugó una mala pasada. Fuite tú quien te mataste poco a poco.- arrugó la nariz descaradamente- debe ser espantoso carcomerse por dentro de esa manera.
Suspiró y se llevó una mano a sus cabellos, los acarició y cruzó las piernas de nuevo.
- Le echo de menos. Y soy yo ahora la que muere de pena al pensar que yo fui lo suficientemente egoísta como para soportar ese mismo dolor que él tenía. Ahora no me deseo otra cosa, sino morirme de pena. Pero si el que él me abandonara no lo hizo, ahora soy libre para hacer lo que quiera. Soy incapaz de sentir nada por nadie. Soy incapaz de morirme. Ése es el final que hay escrito para mí y demonios, que así sea.
Bajó la cabeza y se asomó una lágrima cristalina que serpenteó de sus rizadas pestañas.
Sin previo aviso, el telón se echó abajo.
No se oyeron aplausos.
No se oyó nada.
Incluso el silencio lloraba desde la oscuridad más densa.
